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lunes, 22 de febrero de 2016

El Círculo de Velas

Era alta y completamente pálida, su presencia provocaba un sentimiento de tristeza e incertidumbre. Recuerdo haberla visto pasar unas cuantas veces frente a mi casa y era como si por un instante el cielo se obscureciera, como si una nube negra la siguiera por donde fuera.

Llegué a la puerta de su casa una noche en que escuché el llanto desesperado de un niño en el interior. La casa estaba vacía, completamente abandonada. Al fondo del pasillo se asomaba la luz temblorosa de unas velas y en las paredes retumbaba el eco de palabras que nunca había escuchado.

Al asomarme la vi de pie frente a un bebé recostado en medio de un círculo de velas. Empuñaba en su mano una enorme daga con la que abría poco apoco el largo de su brazo de la muñeca al codo mientras recitaba aquellas extrañas palabras, sin embargo de su brazo no escurría ni una sola gota de sangre.

El bebé comenzaba a llorar cada vez más fuerte y su cuerpo se retorcía de una forma que provocaba terror. La piel de la extraña mujer comenzó a tomar un color natural, mientras que la del pequeño se empalidecía y resecaba. Las velas se apagaron de una en una mientras la criatura moría y la herida del brazo de la mujer se cerraba como por arte de magia.

El miedo me obligó a retirarme pretendiendo no haber visto nada, pero al darme vuelta vi su rostro frente a mí, en su mirada alcanzaba a ver el color de su sangre y en un susurro me dijo: es tu turno.

Se acercó lentamente a mí, inclinando su boca hacia mi cuello y logré ver en el suyo una enorme cicatriz que cubría prácticamente la mitad del mismo. De pronto, sentí una mordida que desgarró mi piel arrancándome un enorme trozo de carne. Recuerdo haber caído al suelo al lado del círculo de velas apagadas y en medio de ellas la figura de un feto disecado.

Aún tengo la sensación de mi sangre siendo absorbida por sus labios.

Desperté a las tres de la madrugada de esa misma noche en medio de mi habitación, en el piso a un lado de mi cama, sin saber si todo había sido sólo un mal sueño o un extraño recuerdo. Sólo sé que tengo unas ganas insaciables de beber sangre.



C. R. Monge.

lunes, 15 de febrero de 2016

Crónica de un asalto en manos de una vida perdida

Se paró frente al espejo, estaba igual que siempre, su cara pálida y delgada, su cuerpo escuálido y sus cabellos despeinados, en sus ojos no existía emoción alguna. Se vio como siempre, perdido y sin ningún propósito en la vida. Se dio media vuelta y sacó la botella de vodka que tenía en la alacena arriba del lavavajilla. Tomó el mismo vaso sucio que llevaba ocupando desde hace una semana. Se recostó en el sillón frente a la tele y se sirvió el último trago de alcohol que quedaba.

La tele no encendía, el departamento se encontraba en completa oscuridad - y de qué forma encenderían las luces si llevaba tres meses sin pagar la luz -. Comió las últimas tres frituras que quedaban en la bolsa tirada debajo de la mesa y dio el último suspiro a la pequeña colilla de cigarro que se encontraba sobre la caja del escusado.

Tomó su pistola y su pasa montañas, ese día era el gran día. Se escuchó un ligero sonido en el fondo de la ropa y las cobijas, el celular de "tres pesos" sonaba apresurado.

¿Estás listo? - se escuchó del otro lado de la bocina.
Más que nunca - respondió - no tengo una mierda de comida.

Dejó el teléfono sobre el buró a medio comer por las polillas y azotó la puerta al salir. Montó su moto vieja y se encontró con otros tres frente al supermercado.

Once y media de la noche, diez personas - poco más, poco menos - contando el dinero de las ganancias del día. A lo lejos se escuchaban las risas y los festejos y poco a poco las familias se iban metiendo a sus casas dejando las calles vacías.

Veintitrés horas y cincuenta y cinco minutos, sólo cinco minutos para el gran asalto, tres guardias de seguridad y cuatro personas resguardando el dinero.

A lo lejos se comenzaron a escuchar las últimas campanadas de ese año, los cohetes comenzaron a retumbar en el cielo y ellos entraron a balazos al lugar. Dos guardias caídos, uno acorralado y desarmado junto a otras tres personas, la cuarta encañonada guardando el dinero en las mochilas.

Sólo tenían cinco minutos para hacer todo el movimiento, restaban cincuenta segundos, dos tenían las motos encendidas, él estaba cerrando la última mochila.

Faltaban diez segundos, aún no recuerda como subió a la moto y los cuatro se fueron a dejar las mochilas en el lugar acordado.

Siete días después, se encontraron debajo del puente cerca del basurero y se dirigieron juntos al rio a sacar las bolsas de plástico del agua.

Desenfundó su pistola, el dinero tenía que ser suyo, mató de un tiro en la cabeza a los dos primeros el tercero ya lo tenía encañonado. Lo miró a los ojos, vio al mismo que siempre veía al espejo, un hombre sin vida, sin propósitos, viviendo perseguido por el miedo a ser descubierto, viviendo con dinero que no puede gastar a su antojo para no levantar sospechas.

En donde quiera que se encuentra aún recuerda el trayecto de la bala hacia su cabeza, recuerda el dolor que sintió cuando atravesó su cráneo, pero más aún recuerda la cara de su ejecutor al darse cuenta que el dinero ya no estaba allí.


C. R. Monge.

martes, 19 de enero de 2016

El Instante Perfecto



A pesar de referírsele como "ella", no tiene sexo, no sabe qué tan frío o caliente es el piso porque no tiene pies, solo conoce el paisaje de la niebla sobre la noche, no se inclina ni por el bien ni por el mal, sino por lo que debe ser.

Recostada en una cama del hospital, esperaba dar su último suspiro. No había nada más que hacer y ella no quería luchar más, estaba resignada.

El tiempo pasa rápido aunque nos parezca lento, sin embargo los instantes son más que eso. Se requiere abrir los ojos en el momento justo para rememorar aquello por lo que se lucha.

Abrió los ojos en medio de la noche, en medio de las horas, en medio de los segundos, en el instante perfecto. Sus miradas se encontraron, una era obscura y profunda, fría y solitaria, completamente vacía, pero la otra estaba llena de colores y paisajes maravillosos, alegrías, tristezas, adrenalina, un sin fin de emociones. Todo en un solo instante.

En menos de un segundo, nació algo semejante al amor, más bien, una especie de obsesión. Ella quería besarla, pero sabía que sus labios apagarían esa luz, un sólo toque de su presencia atraería de nuevo la soledad.


Aferrada a ella, la tapo con su manto negro y con una pluma de sus alas rozó su corazón sumergiéndola en un sueño profundo en donde una dejaría de sufrir y la otra por primera vez tendría un poco de luz en su existir.

jueves, 23 de octubre de 2014

La Sombra De Las Nubes

Nos da miedo cuando pasa sobre el pueblo la sombra de las nubes. La última vez se llevaron a Esteban y a la madre de Sarah. Aquí sobre las montañas el aire es muy constante y detrás de él trae siempre consigo una enorme nube jalada por esos extraños seres, algunos dicen que son almas en pena y otros que son criaturas del infierno. Nadie sabe en sí que son, pero siempre llevan una cadena impregnada en la piel de sus espaldas y sus cuerpos parecen recién salidos de un mar hirviente.

La sombra de las nubes nos visitan casi todos los días y por más que queramos no podemos irnos de aquí, pasan en el momento menos esperado. Nuestro único refugio son nuestras casas y al meterse el sol nadie tiene permitido salir, en la noche las nubes siguen pasando, pero no hay sombra que nos avise de su llegada.

Hoy amaneció con neblina, el pueblo esta infestado de todos ellos, no los he dejado de ver por los huecos de la puerta. Me dan mucho miedo pero también tristeza, las cadenas les jalan la piel por el peso y se quejan pidiendo perdón. Acabo de ver lo que fue el cuerpo de una mujer cargando un bebé llorando por su criatura muerta. Creo que son mi mamá y mi hermano.

La neblina no se ha quitado, llevamos más de quince días en nuestras casas, mucha gente se ha quedado sin comida y en su desesperación han optado por salir a entregarse a ellos. Ya somos pocos los que quedamos, tengo mucho miedo, ya no sé qué hacer, golpean la puerta todo el día.

Escribo esta carta dentro de esta botella esperando que llegue hasta el pie de la montaña y alguien pueda venir a salvarnos.

lunes, 6 de febrero de 2012

La Niebla

Manejar a esas horas de la madrugada no era tan fácil como creía Rodrigo, sin embargo, el llevar a la mujer que lo traicionó descuartizada en la cajuela del auto lo mantenía completamente estresado. A pesar del frío, Rodrigo sudaba como si fuera el día más caluroso en el verano.

Sus manos temblorosas lo traicionaban al intentar controlar el volante, y el cosquilleo en su estómago lo molestaba por el miedo de ser encontrado. Varias veces estuvo a punto de estrellarse por lo espeso de la niebla que empezaba a descender poco a poco cubriendo todo el camino.

El motel que apareció en ese momento juzgaba algo extraño, pero Rodrigo, en su situación, no podía darse el lujo de decidir en qué lugar iba a pasar la noche. Necesitaba descansar, aunque sabía que lo más probable era que no podría dormir ni un instante.

La recepción era sencilla, en la pared solo había un marco en donde se colgaban las llaves de los cuartos del edificio, frente a éste, un sillón individual y sentado en él, un hombre, al parecer, de edad avanzada con rostro cadavérico y de tez pálida que no le había quitado la mirada de encima desde que entró.

-¿Quieres una habitación?- preguntó aquel hombre con voz suave y quebrada.

-Sí, por favor-  Respondió Rodrigo tartamudo y algo desconfiado. El anciano se levantó tembloroso del sillón y tomó la llave del cuarto uno.

-Sígueme- le dijo el viejo a Rodrigo y éste caminó detrás de él con pasos lentos e inseguros.

Las paredes estaban llenas de musgo y goteaban por la humedad de la niebla que espesaba conforme avanzaba el tiempo.

Al llegar a la habitación, el individuo extraño que lo había encaminado al cuarto, le dio la llave, miró a Rodrigo con semblante triste y se fue. La alcoba solo tenía una pequeña mesa y una silla a un lado de la entrada, un baño de dos por dos con las paredes llenas de sarro y una cama individual de apariencia frígida cubierta por sábanas blancas. Rodrigo no se contuvo y sin más, ignoró la inusual habitación, se quitó los zapatos, se acostó y trato de dormir.

Eran las tres de la mañana y la niebla se colaba entre las hendiduras de la ventana que daba hacia el estacionamiento y congelaba la habitación poco a poco. Todo se encontraba  en silencio, parecía que después de tanta presión, Rodrigo lograría descansar el resto de la noche, sin embargo, el frío se tornó cada vez más intenso y un pequeño golpeteo en la mesa se comenzó a escuchar.

Era como si alguien chocará su dedo índice sobre la superficie de la mesa. Al oírlo, un escalofrío recorrió la espalda de Rodrigo congelándolo de miedo. Los golpes se iban haciendo más fuertes y, fuera del cuarto, a lo lejos, se empezaban a oír sollozos de mujeres, como si estuvieran penando.

Incierto, Rodrigo volteó hacia la mesa para averiguar qué era lo que estaba pasando y, sobre la silla, se encontraba sentada la sombra de una mujer empuñando una daga en su maño y golpeando con la punta de ésta sobre la mesa. Rodrigo salió horrorizado de la habitación en busca de su auto, pero al salir no pudo ver nada, todo a su alrededor estaba cubierto por una enorme nube blanquecina y gélida en donde pronto el motel desaparecería. Corrió por todos lados en busca del carro pero éste ya no estaba.

Arrodillado, Rodrigo sollozaba implorando perdón por su crimen, y al levantar la mirada, ante él, se encontraba de pie la silueta de la mujer con la daga y en sus ojos había una expresión de lástima, como si no valiera la pena vengarse del desdichado.
Al acercarse, la mujer vestía con una sotana negra que le cubría el cuerpo. Se inclinó ante Rodrigo y éste, invadido por la impresión y el miedo, descubrió en su rostro a la mujer que había descuartizado por su infidelidad.

-¡Perdóname!- Gritó el infortunado hombre implorando una segunda oportunidad, olvidando que ella lo había suplicado antes, desnuda y atada a su cama, pero él no la escuchó. La mujer lo miró con indiferencia, en su boca se formó una sonrisa maliciosa y con la daga, apuntó hacia una pequeña luz amarillenta que se veía a lo lejos.

Sin pensarlo, Rodrigo corrió hacia la luz desesperado, pero al llegar, lo único que se encontraba allí era su auto en llamas y, dentro de éste, su cuerpo atravesado por el cristal del parabrisas y la sangre recorriendo su cuerpo, destruyendo la poca esperanza que le quedaba y condenándolo a vivir perdido en esa niebla que cada vez espesaba más y más.

C. R. Monge.

Escombros De Media Noche

Sonó la octava campanada de la iglesia para dar inicio a la última misa el día. La gente entraba a toda prisa para protegerse de la lluvia. El viejo Henry era el único que veía a todos desde su ventana con una mirada de odio, deseando jamás haber llegado a ese lugar. ¡Montón de ratas! Decía arrugando el seño y chocando sus dientes chuecos y amarillentos.

Todos los domingos era igual, se levantaba de su silla, se acercaba al cristal de su cuarto con su cigarro en boca y apoyado en el bastón, se rascaba la calva llena de lunares y, con la espalda encorvada, maldecía a la gente que en aquel pueblo miserable habitaba. Imaginaba la iglesia hundirse con todas aquellas ratas en su interior.

Cansado de su presencia, Llegada la media noche de aquel domingo, mientras ya todos dormían, Henry se adentró la punto de reunión regando diez  galones de gasolina que aun guardaba en la cochera para su auto, en cada asiento, en el agua bendita, sobre la estatua del Jesús crucificado y subió al techo e hizo sonar la campana de forma precipitada.

-¡Auxilio! ¡Ayúdenme!- Gritó desesperado.

Una por una se encendieron las luces de las casas del pueblo y la gente se apresuró a ver qué era lo que ocurría. Una vez dentro, desde el segundo piso de la iglesia calló un cigarro encendido sobre el púlpito y éste, desencadenó las llamas que rodearían en un instante a la multitud en un muro de fuego de aproximadamente dos metros de altura.

Desde arriba se escuchaba la voz de Henry soltando carcajadas con toda la fuerza de su pecho. ¡Malditas ratas! Por fin me desharé de ustedes. El viejo se tambaleaba sobre el barandal de aquella terraza mientras se bañaba en gasolina. Los asientos se incendiaban uno por uno y la gente lo hacía con ellos.

En el exterior, torres de humos se veían salir de los vitrales y se escuchaban los gritos de terror de la gente al quemarse. Henry, en su esquizofrénica felicidad, se arrojó sobre los desdichados incendiándose inmediatamente, pero su risa era cada vez más fuerte mientras el fuego carcomía su piel. En menos de una hora el pueblo estaba vacío y lo único que quedaba en él, eran escombros de una iglesia sobre los cadáveres de lo que alguna vez fue una armoniosa sociedad.

C. R. Monge

La Rosa Del Lago

La noche en que la vi, creía estar soñando. El lugar era hermoso, era un pequeño terreno libre, rodeado de árboles, el pasto era suave y cálido, el aire fresco y tranquilo, al mirar al cielo, la luna se veía mucho más grande que de costumbre y su luz daba directamente en esa zona. Un pequeño lago se encontraba en el centro y, en medio de éste, un islote de donde nacía una rosa blanca.

Quería tomarla, pero al intentar adentrarme al agua, una voz en el viento me lo impedía. ¿Quién eres? Le decía, pero nadie contestaba. Me arrodillé frente a la laguna y comencé a llorar, el lugar era demasiado bello, pero mi desesperación por saber porqué estaba ahí me alteraba.

Sentí algo posarse en mi hombro no reaccioné ¿Qué buscas? Me preguntó la misma voz, no obstante, continuaba llorando. Su mano me tomó de la barbilla y levantó mi rostro, sin embargo, no veía a nadie, sólo una pequeña mariposa que volaba a mi alrededor. Intentaba atraparla pero, era más rápida. Se aproximó a la rosa en medio del lago y se detuvo sobre uno de sus pétalos. El viento comenzó a soplar cada vez más fuerte y el agua se levantaba rebasando la altura de los árboles, las ramas se movían de tal forma que parecía que se desprenderían en cualquier momento. El lago comenzó a cristalizarse hasta formar un enorme Iceberg alumbrado por la luz de la luna.

Lo miré fijamente, la escultura me tenía anonadado, en mis pies solo había escarcha, el pasto había desaparecido. Di un paso hacía adelante y un fuerte sonido como si algo se hubiera quebrado sonó en el aire. Levanté la vista y en la punta del gran bloque de hielo, habían líneas que parecían ser marcas de estar apunto de romperse y seguían creciendo.

El ruido era más fuerte y el reflejo de la luz era tan intenso que me obligaba a cerrar los ojos, un enorme estallido se escuchó en frente de mí y al abrir los ojos se encontraba sobre los restos de hielo una mujer sentada con la mariposa en su mano. La dama era hermosa, su piel era blanca y tersa, sus cabellos negros jugueteaban en sus hombros y su vestido blanco se movía al ritmo del aire, que era ahora más tranquilo.

¿Quién eres? Le pregunté, pero la hermosa doncella solo reía, con su risa suave y carismática. ¿No te acuerdas de mí? Me pregunto después un rato. No. Contesté. El hielo volvía a convertirse en lago mientras ella continuaba riendo sobre el islote. ¿Quién eres? Pregunté una vez más, pero no contestó.

Había perdido la noción del tiempo, sólo me preocupaba por verla y descubrir su identidad. Soy yo ¿No te acuerdas de mí? Me dijo entre risas, pero yo no recordaba. Me diste una rosa cuando me fui. Impresionado, recordaba la partida de mi esposa al morir, le había entregado una sola rosa blanca cuando murió porque a ella no le gustaban las rojas.

¡Dalila! ¿Eres tú? Ella continuaba en su felicidad, pero la reconocí, era mi esposa. ¡No lo hagas! Me gritó cuando intenté ir hacía donde estaba ella, pero no la escuché,  quería verla, sus besos me llamaban, su aroma me hipnotizaba. No importaba lo que pasara, volvería a estar con ella una vez más, aun si el costo fuera la muerte.

Nadaba hacía ella con desesperación y la dama continuaba gritando, pero yo no escuchaba lo que decía, lo único que quería era tenerla a mi lado por última vez. ¡Si continuas morirás! Gritaba, pero sus advertencias eran inútiles. Sentía mi cuerpo enfriarse, mis pulmones se congelaban, respirar era cada vez más difícil. Llegué a los pies de mi doncella al fin, arrastrándome, inhalando con dificultad, levante mis brazos hacia su rostro, haciendo un último esfuerzo, y lo llevé hacía mí entregándole un último beso. Dalila lloraba de tristeza, pero yo era feliz porque había vuelto a sentir sus labios y su piel, y pude una vez más decirle “Te amo”. Cerré los ojos y nunca más los volví a abrir.

C. R. Monge

El Hombre De La Niebla

La niebla se volvía cada vez más espesa, el agua que salía del grifo era casi intocable y las vigas de madera absorbían la humedad y enfriaban toda la casa. A menudo crecía musgo en los rincones, y las paredes comenzaban a pudrirse. La casa se venía abajo.

Todas las mañanas, al despertar, se encontraba la niebla invadiendo una nueva habitación, haciéndola desparecer entre sus nubes. Aquella cabaña, era lo más frio y triste de la zona.

Después del abandono de mi padre, todos los días me levantaba deseando que esto fuera un sueño y poder volver a empezar de nuevo, pero no. Nos había dejado a mi madre y a mí, y ¿Cómo cuidar de ella estando tan grave y sin poder moverse?

Era como si todo lo hubiera planeado, alejarnos de toda civilización y llevarnos hasta aquel lago oculto casi imposible de hallar para poder irse, y hacernos desaparecer sin tener siquiera un poco de remordimiento, irse de la ciudad donde algún día vivimos y comenzar de nuevo con otra familia.

Aún recuerdo sus últimas palabras antes de llegar a este lugar.

-Sé que ha de ser difícil dejar la escuela hijo, pero la doctora recomendó a tu madre venir al campo a tomar aire fresco, solo será por poco tiempo mientras se recupera.

¡Mentiras! Solo arreglaba su vida con otra familia y ahora era yo el que tenía que enfrentar este infierno por culpa de mi padre.

Eran las cinco de la tarde y la niebla no amainaba. La comida estaba a punto de terminarse, mi madre seguía sin poder moverse y lo único que podía darle era caldo, sin embargo, con este clima, no tenía fuego con qué calentarlo.

Ese día hizo más frio que de costumbre, mientras le daba de comer a mi mamá, observe a través de la ventana y la niebla lo cubría todo, pero hubo algo en ese instante que no pude evitar darme cuenta, un pequeño montículo de escarcha se había acumulado en una esquina del marco y vi claramente el hielo crecer sobre la superficie del cristal.

Me era imposible sacar a mi madre de ese lugar, todo lo que podía hacer era tomar un cobertor del armario y cubrirla, sin embargo, éste se encontraba bajo llave y no tenía forma de abrirlo. Me apresuré a ir por la colcha de mi habitación y la arropé con ésta, sabía que eso no sería suficiente, pero los nervios no me dejaban pensar con claridad. Esa tarde no pude pasar más tiempo con mi  madre, el frío, en aquella habitación, era insoportable.

Fuera de la casa, la niebla era menos intensa y el aire un poco, y solo un poco, más cálido, tal vez ella estaría mejor si la llevaba a la sala, y lo intenté. Cuando le dije que pensaba bajarla al sillón, me respondió con su voz pequeña y quebrada:

-Él me dijo que me cuidaría.

-¿Quién?- pregunté sorprendido, acaso ¿hablaba de mi padre?

-Aquel hombre que pasó a tu lado cuando entraste- continuó.

Al escucharla, sentí un enorme escalofrío subir desde mi espalda hasta la nuca erizando mis cabellos.

-siempre ha estado conmigo- y no dijo más.

Comencé a retroceder poco a poco hacia la puerta, sabía que estaba delirando justo cuando creía que se estaba recuperando al haber cesado aquellos vómitos constantes, pero ahora todo terminaba, todas mis esperanzas se venían abajo con la vida de mi madre.


Andar por la casa ya no era tan fácil como antes, el musgo verde de las paredes, llevaba ahora una pequeña lámina de nieve en su superficie y algunas zonas del piso estaban resbalosas, sin mencionar que las tuberías se habían deformado por la dilatación.

Trataba de subir poco a poco las escaleras, cuando escuche la puerta del cuarto de mi madre azotarse, sin embargo, estaba seguro de haberla cerrado la última vez que salí.

Subí lo más rápido que pude, procurando no resbalarme y, al estar frente a la habitación, la perilla estaba congelada y no podía abrir, intenté derribar la puerta, pero no lo logré. Gritaba a mi madre con desesperación aún sabiendo que no podía contestarme, pero no sabía qué hacer. Di unos pasos hacia atrás preparando una embestida contra la puerta, pero, en ese instante, automáticamente giro la manija y la puerta se abrió lentamente.

Al entrar, mi madre tenía los ojos completamente abiertos con una expresión de sorpresa y, su mirada puesta en aquel extraño armario forzado con llave, me acerqué a él pero no había forma de abrirlo, volví la vista a ella y su semblante permanecía inmóvil, su cara estaba completamente pálida y sus labios pintaban un tono azulado, estaba muerta.

Me dirigí poco a poco a ella para cerrar sus ojos, mis manos temblaban de impotencia y, al bajar sus parpados, advertí, en la entrada de sus labios cerrados, una línea de escarcha que los adhería uno con otro, sus cabellos estaban congelados completamente y, debajo de las cobijas, su cuerpo se encontraba cubierto de hielo.

Sentí mis piernas flaquear y mis brazos no podían contener el temblor que nacía de aquella frustración de no poder hacer nada. Tenía un nudo en la garganta, quería gritar, quería llorar. Corría a la orilla del lago sin detenerme y caí de rodillas frente a él, no recuerdo haber dado un grito más fuerte que el que di esa tarde, un grito de rabia y de coraje contra mi padre. Ahora no tenía nada que hacer, no tenía a nadie por quien estar ahí

Estuve alrededor de una hora frente al lago lamentando mi pérdida, aunque llorar, en ese momento y en esas condiciones, era imposible y ahora, no sabía en qué pensar.

Me levanté para regresar a la cabaña, pero vi, a un lado de ésta, la silueta de un hombre que parecía estarme observando desde que salí, era el hombre que mi madre había visto antes de morir y que no creía que existiera, pero ahora podía verlo.

Aquel hombre se dirigió lentamente a la parte trasera de la casa al advertir que yo lo estaba mirando y, aunque sentía algo de desconfianza, me dispuse a ir detrás de él para, por fin descubrir quién era y qué tramaba en un lugar como éste. Sin embargo, vi una luz encenderse en la habitación de mi madre. Sabía que había muerto, no obstante, no iba a permitir que algo le pasara a su cuerpo, así que subí a averiguar qué era lo que estaba ocurriendo y al entrar, vi una pequeña lámpara de petróleo en el buro y frente a ésta una diminuta llave plateada, la cual era seguro que abría aquel misterioso armario.

Tomé la llave con un poco de desconfianza al no saber quién la había puesto ahí, pero no me detuve y abrí el armario. En su interior solo había papeles y carpetas con información extraña y no sabía en qué me podía ayudar esto, sin embargo, hasta el fondo, se asomaba una pequeña caja de madera que contenía dentro un frasco vacío y un sobre, y en éste una nota que decía:

“Disuelve las pastillas en la sopa y asegúrate de que la tome toda.
Cuanto empiecen los vómitos tráela conmigo y la enviare al campo.
Por el mocoso no te preocupes, él morirá con ella”.

Al leer esto supe que había sido él, tenía razón al creer que todo lo había planeado, y ahora no podía hacer nada. Intente moverme pero mis piernas no respondieron y caí paralizado al suelo, sentía mi garganta congelarse y vi que la puerta poco a poco se cerraba, comencé a sentir mi cuerpo enfriarse con una rapidez impresionante hasta no poder moverlo, mi cuello me dolía al girarlo y solo alcancé a inclinarlo un poco y ahí estaba, en la esquina, la silueta de aquel hombre formado por la niebla, y aún sin ver su cara podía sentir su mirada sobre mí, una mirada de gusto o tal vez de lástima.

Recuerdo que de pequeño me encantaba caminar entre la niebla. Imaginarme volando entre las nubes y desapareciendo a la vista de todos; y ahora, esa niebla se volvía en mi contra, viniendo sobre mí y tornándose cada vez más espesa.

C. R. Monge

Alicia

Cada vez que Alicia Peterson iba camino a la escuela, los niños que pasaba a su lado se alejaban, la gente cambiaba de acera, todo el mundo le tenía miedo. Alicia caminaba todos los días con una sonrisa torcida y los ojos bien abiertos, con su cabello enmarañado y un vestido azul con blanco que semejaba al de una muñeca.

De Alicia no se sabía nada, nadie tenía ningún conocimiento acerca de su vida, o en dónde vivía, o quiénes eran sus padres. No se le conocía ningún amigo o pariente. Cuando alguien intentaba seguirla, la niña caminaba tan lejos que su perseguidor desistía de saber su paradero y regresaba a su casa.

Todos los días al terminar las clases, Alicia caminaba hacía la carretera y se perdía en un pequeño bosque y regresaba a la mañana siguiente para ir a la escuela. Nadie quería saber nada de ella, se inventaban rumores de que te traía mala suerte o te podría maldecir el  verla a los ojos, y otras invenciones que sólo los niños pueden creer.

Augusto, era un compañero de la clase de al lado, quién había escuchado mucho de ella y de lo tenebrosa que era, sin embargo, cada vez que oía a la gente hablar sobre el tema se echaba a reír y decía que eso eran puras “bobadas”.

Augusto siempre buscaba una forma de desmentir todo aquello que la gente decía o creía de las cosas. Así que para probar que todo lo que decían de Alicia era falso, se propuso a seguirla sin detenerse hasta saber la verdad sobre ella. Caminaron por toda la ciudad hasta salir de ésta.

Los carros pasaban pitándoles a los niños, extrañados de que anduvieran solos y tan lejos de la ciudad, muchas personas intentaban detenerse para preguntarles, pero al ver a Alicia, la gente seguía su camino sin ningún contratiempo.

Siendo ya tarde, cuando el día empezaba a oscurecerse, Alicia se detuvo en un punto a la mitad de la autopista y descendió hacia un bosque cerca de ahí, Augusto la siguió con cuidado. Durante todo el camino Alicia jamás volteó hacia atrás y nunca se percató de que alguien la seguía.

Al llegar a la mitad del bosque, Alicia se detuvo en un área abierta donde no había ningún árbol, ni pasto, era tan silencioso que se podía concluir que no había animales cerca de ahí, era una zona desierta. Augusto, asomado desde un arbusto a lo lejos, vio a Alicia comenzar a hacer ademanes como si hablara con alguien.

-          ¿Porqué no llegan aún mis padres?- decía Alicia con una voz tierna y temblorosa.
-          Porque no te quieren- Se escuchaba una voz dentro de su cabeza.
-          ¡Cállate!- gritó Alicia presionándose el cráneo esperando no seguir escuchando. Alicia calló al suelo de rodillas llorando.

Augusto quién estaba viendo lo que ocurría, quiso ir a verla pero el miedo de ocurriera algo malo lo detuvo. En la mente de Alicia se escuchó de nuevo esa voz rasposa que decía “hay alguien espiándonos”. Alicia levantó la cabeza y se puso de pie tambaleándose.

-          ¿Mamá? ¿Papá? ¿Son ustedes?
-          No son ellos- decía la voz en su cabeza
-          Les prometo que ya no oiré más esa voz, la ignoraré. Salgan por favor.

Al ver que nada ocurría y que nadie salía a responderle, el semblante de Alicia cambió, sus ojos se tornaron oscuros, sus dientes se llenaron de sangre y su frente ahora tenía arrugas, y con una expresión enfurecida y una voz grave- juraría que de hombre- gritó:

-          ¡Que salgan!

El eco de su voz se escuchó por todas partes, el corazón de Augusto comenzó a palpitar desesperadamente, sus piernas y manos temblaban sin poderse detener, y con una lágrima en sus ojos se levantó y se dirigió lentamente hacía donde estaba ella. La voz de Alicia de nuevo volvió a ser dulce.

-          ¿Quién eres tú?- preguntó Alicia
-          Me llamo Augusto, soy un compañero de la escuela, mi salón está a un lado del tuyo.
-          ¿Has visto a mis padres?
-          No, no sé quienes son.

El semblante de Alicia cambió de nuevo y de un golpe arrojó a Augusto por los aires casi dos metros.

-          ¿Para que estas aquí?- le gritó Alicia con voz grave- ¿Vienes a estorbarme?

Un agujero se abrió de la tierra, en dónde se encontraban esqueletos y cuerpos en putrefacción de gente también se había atrevido a seguirla. Arrojo al niño a la tumba y permaneció allí hasta morir.

Alicia a sus veinticuatro años sigue yendo a la escuela aunque no se le permita la entrada, y sigue esperando la llegada de sus padres en ese bosque a la mitad de la carretera, dónde probablemente no vuelvan a pasar por ahí.

C. R. Monge

Insomnio

Cuando entré a la habitación, vi su silueta suspendida en el aire colgada del cuello. Inmediatamente mi corazón se empezó a acelerar. Mi mano, temblorosa, se acercó lentamente al apagador del foco y encendí la luz.

Mi rostro, reflejado en el suyo, me hizo caer de rodillas. Impactado, y con los ojos empapados en lágrimas, solté un grito sordo, mas bien un alarido, que camuflándose con el estruendo de los relámpagos me hizo despertar de golpe envuelto en sudor.

No llevaba más de diez minutos que me había acostado a dormir. Al mojarme la cara, vi en el espejo, reflejado, un rostro cadavérico envuelto en canas, y sus ojos, desvanecidos entre ojeras que anunciaban no haber conciliado el sueño desde hace poco más de una semana; desde la muerte… de mi esposa.

Ya mis manos temblaban de desesperación, débiles de cansancio, mi cuerpo se tambaleaba al caminar, mientras las siluetas atormentadoras me empujaban tratando de vencerme. No recordaba a mi esposa, ni la causa de su muerte, su partida había pasado a segundo plano, sin embargo, siempre la veía.

De ella recordaba gritos y exigencias, pero no podía dejar de amarla, soportaría de ella lo que fuera, mi miedo más grande era llegar a odiarla. Llevaba meses, insoportable, tratando de obligarme a escribir mi siguiente obra, de inútil nunca me bajó. Aunque me duele, su muerte fue lo mejor que me pudo haber pasado, no obstante, también fue lo peor.

Cada noche era una guerra entre esas sombra y yo. Al llegar a la cama la veía a ella recostada a mi lado, pálida, fría, con sus ojos abiertos que, al mirarlos, me hacían sentir culpable. ¿Por qué no la cuidé? La pude haber salvado. Pensaba.

Y al cerrar los ojos me veía de nuevo frente a la ventana, viendo aquel cuerpo levitando sobre la cama, pero esta vez, vi en su rostro, el de ella y, en mis manos la soga que la mantenía atada del cuello. Y abrió los parpados y me observó; su respiración era fuerte, acelerada. Mientras más profundizaba en su mirada, más fuerte respiraba hasta dar un enorme grito y me desperté.

Con miedo a las sombras me levanté asustado, ella continuaba colgada mientras aquellas esencias me empujaban hacia atrás, topé con pared y la vi una vez más, inerte, fría. Recibí un golpe en el estomago y rompí el cristal de la ventana y caí desde el tercer piso. Al chocar con el suelo, escuche romperse algo en mi espalda y enseguida un enorme vidrio callo sobre mí atravesándome el estomago, y apareció de nuevo frente a mí, riéndose y tomando mi cuello, mientras sentía la sangre hirviendo correr por mi cuerpo y desprendiendo mi alma de éste.

Y desperté, y no habían pasado diez minutos.
C. R. Monge.

La Calle De Los Gatos

Giraban las aves en el cielo preparando su partida para dejar la ciudad. La calle, solitaria, daba un aire de desconfianza a cualquiera que pasara por allí.
Se escuchaba el aire gemir entre los árboles que, ondeando sus ramas, esperan desde hace tiempo, la hora en que la muerte vendría a concluir viejos asuntos.
Casi todas las casas de aquella vecindad se encontraban vacías. Entre las sombras de la madrugada, se veían nacer los faros amarillos que, sigilosamente, vagaban sobre los techos.
Solo una pequeña luz al fondo de la callejuela permanecía encendida a tan altas horas de la noche. Siempre estaba ahí, compungido, miserable, esperando el regreso de quien alguna vez había ido a buscarle y rechazó.
-¡Vuelve a mí una vez más!- Gemía entre súplicas el desdichado, esperando que aquella persona le escuchara y acabara con esa soledad que tanto lo agobiaba.
Sentado en un sillón, veía a través de la ventana la sombra de los gatos que salían de su escondite acechando a los seres extraordinarios que rondaban por ahí. Misteriosos, se acercaban los malditos a la casa, con ese ronroneo perturbador que cada madrugada lo poseía de una desesperación esquizofrénica, que aceleraba su respiración y hacia enterrar sus uñas en el sillón erizando su piel.
Sentados en la orilla de la ventana, miraban los traidores a un vacío a sus espaldas. Un maullido arrasó con el silencio mientras veía la mirada de los verdugos moverse hasta donde estaba él.
-Por fin estás aquí- Dijo desesperado con una sonrisa desquiciada. Con sus uñas ahora desprendidas de sus manos y ensangrentando los brazos del sillón.
-No te fallaré como la última vez- levantó el mentón descubriendo su cuello y terminó- Atraviésame con tu guadaña y llévame contigo para ya no estar solo.
Y sintiendo cruzar el filo por su garganta inclinó la cabeza hacia adelante, y el resto de la noche se escucharon los maullidos de los gatos que se encontraban alrededor de la casa, velando al alma que estaba en deuda desde hacía ya varios años, con quien había venido a cobrar hasta el último suspiro que ese día solitario se había escuchado.
C. R. Monge.