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lunes, 6 de febrero de 2012

Alicia

Cada vez que Alicia Peterson iba camino a la escuela, los niños que pasaba a su lado se alejaban, la gente cambiaba de acera, todo el mundo le tenía miedo. Alicia caminaba todos los días con una sonrisa torcida y los ojos bien abiertos, con su cabello enmarañado y un vestido azul con blanco que semejaba al de una muñeca.

De Alicia no se sabía nada, nadie tenía ningún conocimiento acerca de su vida, o en dónde vivía, o quiénes eran sus padres. No se le conocía ningún amigo o pariente. Cuando alguien intentaba seguirla, la niña caminaba tan lejos que su perseguidor desistía de saber su paradero y regresaba a su casa.

Todos los días al terminar las clases, Alicia caminaba hacía la carretera y se perdía en un pequeño bosque y regresaba a la mañana siguiente para ir a la escuela. Nadie quería saber nada de ella, se inventaban rumores de que te traía mala suerte o te podría maldecir el  verla a los ojos, y otras invenciones que sólo los niños pueden creer.

Augusto, era un compañero de la clase de al lado, quién había escuchado mucho de ella y de lo tenebrosa que era, sin embargo, cada vez que oía a la gente hablar sobre el tema se echaba a reír y decía que eso eran puras “bobadas”.

Augusto siempre buscaba una forma de desmentir todo aquello que la gente decía o creía de las cosas. Así que para probar que todo lo que decían de Alicia era falso, se propuso a seguirla sin detenerse hasta saber la verdad sobre ella. Caminaron por toda la ciudad hasta salir de ésta.

Los carros pasaban pitándoles a los niños, extrañados de que anduvieran solos y tan lejos de la ciudad, muchas personas intentaban detenerse para preguntarles, pero al ver a Alicia, la gente seguía su camino sin ningún contratiempo.

Siendo ya tarde, cuando el día empezaba a oscurecerse, Alicia se detuvo en un punto a la mitad de la autopista y descendió hacia un bosque cerca de ahí, Augusto la siguió con cuidado. Durante todo el camino Alicia jamás volteó hacia atrás y nunca se percató de que alguien la seguía.

Al llegar a la mitad del bosque, Alicia se detuvo en un área abierta donde no había ningún árbol, ni pasto, era tan silencioso que se podía concluir que no había animales cerca de ahí, era una zona desierta. Augusto, asomado desde un arbusto a lo lejos, vio a Alicia comenzar a hacer ademanes como si hablara con alguien.

-          ¿Porqué no llegan aún mis padres?- decía Alicia con una voz tierna y temblorosa.
-          Porque no te quieren- Se escuchaba una voz dentro de su cabeza.
-          ¡Cállate!- gritó Alicia presionándose el cráneo esperando no seguir escuchando. Alicia calló al suelo de rodillas llorando.

Augusto quién estaba viendo lo que ocurría, quiso ir a verla pero el miedo de ocurriera algo malo lo detuvo. En la mente de Alicia se escuchó de nuevo esa voz rasposa que decía “hay alguien espiándonos”. Alicia levantó la cabeza y se puso de pie tambaleándose.

-          ¿Mamá? ¿Papá? ¿Son ustedes?
-          No son ellos- decía la voz en su cabeza
-          Les prometo que ya no oiré más esa voz, la ignoraré. Salgan por favor.

Al ver que nada ocurría y que nadie salía a responderle, el semblante de Alicia cambió, sus ojos se tornaron oscuros, sus dientes se llenaron de sangre y su frente ahora tenía arrugas, y con una expresión enfurecida y una voz grave- juraría que de hombre- gritó:

-          ¡Que salgan!

El eco de su voz se escuchó por todas partes, el corazón de Augusto comenzó a palpitar desesperadamente, sus piernas y manos temblaban sin poderse detener, y con una lágrima en sus ojos se levantó y se dirigió lentamente hacía donde estaba ella. La voz de Alicia de nuevo volvió a ser dulce.

-          ¿Quién eres tú?- preguntó Alicia
-          Me llamo Augusto, soy un compañero de la escuela, mi salón está a un lado del tuyo.
-          ¿Has visto a mis padres?
-          No, no sé quienes son.

El semblante de Alicia cambió de nuevo y de un golpe arrojó a Augusto por los aires casi dos metros.

-          ¿Para que estas aquí?- le gritó Alicia con voz grave- ¿Vienes a estorbarme?

Un agujero se abrió de la tierra, en dónde se encontraban esqueletos y cuerpos en putrefacción de gente también se había atrevido a seguirla. Arrojo al niño a la tumba y permaneció allí hasta morir.

Alicia a sus veinticuatro años sigue yendo a la escuela aunque no se le permita la entrada, y sigue esperando la llegada de sus padres en ese bosque a la mitad de la carretera, dónde probablemente no vuelvan a pasar por ahí.

C. R. Monge

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