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lunes, 6 de febrero de 2012

El Hombre De La Niebla

La niebla se volvía cada vez más espesa, el agua que salía del grifo era casi intocable y las vigas de madera absorbían la humedad y enfriaban toda la casa. A menudo crecía musgo en los rincones, y las paredes comenzaban a pudrirse. La casa se venía abajo.

Todas las mañanas, al despertar, se encontraba la niebla invadiendo una nueva habitación, haciéndola desparecer entre sus nubes. Aquella cabaña, era lo más frio y triste de la zona.

Después del abandono de mi padre, todos los días me levantaba deseando que esto fuera un sueño y poder volver a empezar de nuevo, pero no. Nos había dejado a mi madre y a mí, y ¿Cómo cuidar de ella estando tan grave y sin poder moverse?

Era como si todo lo hubiera planeado, alejarnos de toda civilización y llevarnos hasta aquel lago oculto casi imposible de hallar para poder irse, y hacernos desaparecer sin tener siquiera un poco de remordimiento, irse de la ciudad donde algún día vivimos y comenzar de nuevo con otra familia.

Aún recuerdo sus últimas palabras antes de llegar a este lugar.

-Sé que ha de ser difícil dejar la escuela hijo, pero la doctora recomendó a tu madre venir al campo a tomar aire fresco, solo será por poco tiempo mientras se recupera.

¡Mentiras! Solo arreglaba su vida con otra familia y ahora era yo el que tenía que enfrentar este infierno por culpa de mi padre.

Eran las cinco de la tarde y la niebla no amainaba. La comida estaba a punto de terminarse, mi madre seguía sin poder moverse y lo único que podía darle era caldo, sin embargo, con este clima, no tenía fuego con qué calentarlo.

Ese día hizo más frio que de costumbre, mientras le daba de comer a mi mamá, observe a través de la ventana y la niebla lo cubría todo, pero hubo algo en ese instante que no pude evitar darme cuenta, un pequeño montículo de escarcha se había acumulado en una esquina del marco y vi claramente el hielo crecer sobre la superficie del cristal.

Me era imposible sacar a mi madre de ese lugar, todo lo que podía hacer era tomar un cobertor del armario y cubrirla, sin embargo, éste se encontraba bajo llave y no tenía forma de abrirlo. Me apresuré a ir por la colcha de mi habitación y la arropé con ésta, sabía que eso no sería suficiente, pero los nervios no me dejaban pensar con claridad. Esa tarde no pude pasar más tiempo con mi  madre, el frío, en aquella habitación, era insoportable.

Fuera de la casa, la niebla era menos intensa y el aire un poco, y solo un poco, más cálido, tal vez ella estaría mejor si la llevaba a la sala, y lo intenté. Cuando le dije que pensaba bajarla al sillón, me respondió con su voz pequeña y quebrada:

-Él me dijo que me cuidaría.

-¿Quién?- pregunté sorprendido, acaso ¿hablaba de mi padre?

-Aquel hombre que pasó a tu lado cuando entraste- continuó.

Al escucharla, sentí un enorme escalofrío subir desde mi espalda hasta la nuca erizando mis cabellos.

-siempre ha estado conmigo- y no dijo más.

Comencé a retroceder poco a poco hacia la puerta, sabía que estaba delirando justo cuando creía que se estaba recuperando al haber cesado aquellos vómitos constantes, pero ahora todo terminaba, todas mis esperanzas se venían abajo con la vida de mi madre.


Andar por la casa ya no era tan fácil como antes, el musgo verde de las paredes, llevaba ahora una pequeña lámina de nieve en su superficie y algunas zonas del piso estaban resbalosas, sin mencionar que las tuberías se habían deformado por la dilatación.

Trataba de subir poco a poco las escaleras, cuando escuche la puerta del cuarto de mi madre azotarse, sin embargo, estaba seguro de haberla cerrado la última vez que salí.

Subí lo más rápido que pude, procurando no resbalarme y, al estar frente a la habitación, la perilla estaba congelada y no podía abrir, intenté derribar la puerta, pero no lo logré. Gritaba a mi madre con desesperación aún sabiendo que no podía contestarme, pero no sabía qué hacer. Di unos pasos hacia atrás preparando una embestida contra la puerta, pero, en ese instante, automáticamente giro la manija y la puerta se abrió lentamente.

Al entrar, mi madre tenía los ojos completamente abiertos con una expresión de sorpresa y, su mirada puesta en aquel extraño armario forzado con llave, me acerqué a él pero no había forma de abrirlo, volví la vista a ella y su semblante permanecía inmóvil, su cara estaba completamente pálida y sus labios pintaban un tono azulado, estaba muerta.

Me dirigí poco a poco a ella para cerrar sus ojos, mis manos temblaban de impotencia y, al bajar sus parpados, advertí, en la entrada de sus labios cerrados, una línea de escarcha que los adhería uno con otro, sus cabellos estaban congelados completamente y, debajo de las cobijas, su cuerpo se encontraba cubierto de hielo.

Sentí mis piernas flaquear y mis brazos no podían contener el temblor que nacía de aquella frustración de no poder hacer nada. Tenía un nudo en la garganta, quería gritar, quería llorar. Corría a la orilla del lago sin detenerme y caí de rodillas frente a él, no recuerdo haber dado un grito más fuerte que el que di esa tarde, un grito de rabia y de coraje contra mi padre. Ahora no tenía nada que hacer, no tenía a nadie por quien estar ahí

Estuve alrededor de una hora frente al lago lamentando mi pérdida, aunque llorar, en ese momento y en esas condiciones, era imposible y ahora, no sabía en qué pensar.

Me levanté para regresar a la cabaña, pero vi, a un lado de ésta, la silueta de un hombre que parecía estarme observando desde que salí, era el hombre que mi madre había visto antes de morir y que no creía que existiera, pero ahora podía verlo.

Aquel hombre se dirigió lentamente a la parte trasera de la casa al advertir que yo lo estaba mirando y, aunque sentía algo de desconfianza, me dispuse a ir detrás de él para, por fin descubrir quién era y qué tramaba en un lugar como éste. Sin embargo, vi una luz encenderse en la habitación de mi madre. Sabía que había muerto, no obstante, no iba a permitir que algo le pasara a su cuerpo, así que subí a averiguar qué era lo que estaba ocurriendo y al entrar, vi una pequeña lámpara de petróleo en el buro y frente a ésta una diminuta llave plateada, la cual era seguro que abría aquel misterioso armario.

Tomé la llave con un poco de desconfianza al no saber quién la había puesto ahí, pero no me detuve y abrí el armario. En su interior solo había papeles y carpetas con información extraña y no sabía en qué me podía ayudar esto, sin embargo, hasta el fondo, se asomaba una pequeña caja de madera que contenía dentro un frasco vacío y un sobre, y en éste una nota que decía:

“Disuelve las pastillas en la sopa y asegúrate de que la tome toda.
Cuanto empiecen los vómitos tráela conmigo y la enviare al campo.
Por el mocoso no te preocupes, él morirá con ella”.

Al leer esto supe que había sido él, tenía razón al creer que todo lo había planeado, y ahora no podía hacer nada. Intente moverme pero mis piernas no respondieron y caí paralizado al suelo, sentía mi garganta congelarse y vi que la puerta poco a poco se cerraba, comencé a sentir mi cuerpo enfriarse con una rapidez impresionante hasta no poder moverlo, mi cuello me dolía al girarlo y solo alcancé a inclinarlo un poco y ahí estaba, en la esquina, la silueta de aquel hombre formado por la niebla, y aún sin ver su cara podía sentir su mirada sobre mí, una mirada de gusto o tal vez de lástima.

Recuerdo que de pequeño me encantaba caminar entre la niebla. Imaginarme volando entre las nubes y desapareciendo a la vista de todos; y ahora, esa niebla se volvía en mi contra, viniendo sobre mí y tornándose cada vez más espesa.

C. R. Monge

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