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lunes, 6 de febrero de 2012

Escombros De Media Noche

Sonó la octava campanada de la iglesia para dar inicio a la última misa el día. La gente entraba a toda prisa para protegerse de la lluvia. El viejo Henry era el único que veía a todos desde su ventana con una mirada de odio, deseando jamás haber llegado a ese lugar. ¡Montón de ratas! Decía arrugando el seño y chocando sus dientes chuecos y amarillentos.

Todos los domingos era igual, se levantaba de su silla, se acercaba al cristal de su cuarto con su cigarro en boca y apoyado en el bastón, se rascaba la calva llena de lunares y, con la espalda encorvada, maldecía a la gente que en aquel pueblo miserable habitaba. Imaginaba la iglesia hundirse con todas aquellas ratas en su interior.

Cansado de su presencia, Llegada la media noche de aquel domingo, mientras ya todos dormían, Henry se adentró la punto de reunión regando diez  galones de gasolina que aun guardaba en la cochera para su auto, en cada asiento, en el agua bendita, sobre la estatua del Jesús crucificado y subió al techo e hizo sonar la campana de forma precipitada.

-¡Auxilio! ¡Ayúdenme!- Gritó desesperado.

Una por una se encendieron las luces de las casas del pueblo y la gente se apresuró a ver qué era lo que ocurría. Una vez dentro, desde el segundo piso de la iglesia calló un cigarro encendido sobre el púlpito y éste, desencadenó las llamas que rodearían en un instante a la multitud en un muro de fuego de aproximadamente dos metros de altura.

Desde arriba se escuchaba la voz de Henry soltando carcajadas con toda la fuerza de su pecho. ¡Malditas ratas! Por fin me desharé de ustedes. El viejo se tambaleaba sobre el barandal de aquella terraza mientras se bañaba en gasolina. Los asientos se incendiaban uno por uno y la gente lo hacía con ellos.

En el exterior, torres de humos se veían salir de los vitrales y se escuchaban los gritos de terror de la gente al quemarse. Henry, en su esquizofrénica felicidad, se arrojó sobre los desdichados incendiándose inmediatamente, pero su risa era cada vez más fuerte mientras el fuego carcomía su piel. En menos de una hora el pueblo estaba vacío y lo único que quedaba en él, eran escombros de una iglesia sobre los cadáveres de lo que alguna vez fue una armoniosa sociedad.

C. R. Monge

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