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lunes, 22 de febrero de 2016

El Círculo de Velas

Era alta y completamente pálida, su presencia provocaba un sentimiento de tristeza e incertidumbre. Recuerdo haberla visto pasar unas cuantas veces frente a mi casa y era como si por un instante el cielo se obscureciera, como si una nube negra la siguiera por donde fuera.

Llegué a la puerta de su casa una noche en que escuché el llanto desesperado de un niño en el interior. La casa estaba vacía, completamente abandonada. Al fondo del pasillo se asomaba la luz temblorosa de unas velas y en las paredes retumbaba el eco de palabras que nunca había escuchado.

Al asomarme la vi de pie frente a un bebé recostado en medio de un círculo de velas. Empuñaba en su mano una enorme daga con la que abría poco apoco el largo de su brazo de la muñeca al codo mientras recitaba aquellas extrañas palabras, sin embargo de su brazo no escurría ni una sola gota de sangre.

El bebé comenzaba a llorar cada vez más fuerte y su cuerpo se retorcía de una forma que provocaba terror. La piel de la extraña mujer comenzó a tomar un color natural, mientras que la del pequeño se empalidecía y resecaba. Las velas se apagaron de una en una mientras la criatura moría y la herida del brazo de la mujer se cerraba como por arte de magia.

El miedo me obligó a retirarme pretendiendo no haber visto nada, pero al darme vuelta vi su rostro frente a mí, en su mirada alcanzaba a ver el color de su sangre y en un susurro me dijo: es tu turno.

Se acercó lentamente a mí, inclinando su boca hacia mi cuello y logré ver en el suyo una enorme cicatriz que cubría prácticamente la mitad del mismo. De pronto, sentí una mordida que desgarró mi piel arrancándome un enorme trozo de carne. Recuerdo haber caído al suelo al lado del círculo de velas apagadas y en medio de ellas la figura de un feto disecado.

Aún tengo la sensación de mi sangre siendo absorbida por sus labios.

Desperté a las tres de la madrugada de esa misma noche en medio de mi habitación, en el piso a un lado de mi cama, sin saber si todo había sido sólo un mal sueño o un extraño recuerdo. Sólo sé que tengo unas ganas insaciables de beber sangre.



C. R. Monge.

lunes, 15 de febrero de 2016

Crónica de un asalto en manos de una vida perdida

Se paró frente al espejo, estaba igual que siempre, su cara pálida y delgada, su cuerpo escuálido y sus cabellos despeinados, en sus ojos no existía emoción alguna. Se vio como siempre, perdido y sin ningún propósito en la vida. Se dio media vuelta y sacó la botella de vodka que tenía en la alacena arriba del lavavajilla. Tomó el mismo vaso sucio que llevaba ocupando desde hace una semana. Se recostó en el sillón frente a la tele y se sirvió el último trago de alcohol que quedaba.

La tele no encendía, el departamento se encontraba en completa oscuridad - y de qué forma encenderían las luces si llevaba tres meses sin pagar la luz -. Comió las últimas tres frituras que quedaban en la bolsa tirada debajo de la mesa y dio el último suspiro a la pequeña colilla de cigarro que se encontraba sobre la caja del escusado.

Tomó su pistola y su pasa montañas, ese día era el gran día. Se escuchó un ligero sonido en el fondo de la ropa y las cobijas, el celular de "tres pesos" sonaba apresurado.

¿Estás listo? - se escuchó del otro lado de la bocina.
Más que nunca - respondió - no tengo una mierda de comida.

Dejó el teléfono sobre el buró a medio comer por las polillas y azotó la puerta al salir. Montó su moto vieja y se encontró con otros tres frente al supermercado.

Once y media de la noche, diez personas - poco más, poco menos - contando el dinero de las ganancias del día. A lo lejos se escuchaban las risas y los festejos y poco a poco las familias se iban metiendo a sus casas dejando las calles vacías.

Veintitrés horas y cincuenta y cinco minutos, sólo cinco minutos para el gran asalto, tres guardias de seguridad y cuatro personas resguardando el dinero.

A lo lejos se comenzaron a escuchar las últimas campanadas de ese año, los cohetes comenzaron a retumbar en el cielo y ellos entraron a balazos al lugar. Dos guardias caídos, uno acorralado y desarmado junto a otras tres personas, la cuarta encañonada guardando el dinero en las mochilas.

Sólo tenían cinco minutos para hacer todo el movimiento, restaban cincuenta segundos, dos tenían las motos encendidas, él estaba cerrando la última mochila.

Faltaban diez segundos, aún no recuerda como subió a la moto y los cuatro se fueron a dejar las mochilas en el lugar acordado.

Siete días después, se encontraron debajo del puente cerca del basurero y se dirigieron juntos al rio a sacar las bolsas de plástico del agua.

Desenfundó su pistola, el dinero tenía que ser suyo, mató de un tiro en la cabeza a los dos primeros el tercero ya lo tenía encañonado. Lo miró a los ojos, vio al mismo que siempre veía al espejo, un hombre sin vida, sin propósitos, viviendo perseguido por el miedo a ser descubierto, viviendo con dinero que no puede gastar a su antojo para no levantar sospechas.

En donde quiera que se encuentra aún recuerda el trayecto de la bala hacia su cabeza, recuerda el dolor que sintió cuando atravesó su cráneo, pero más aún recuerda la cara de su ejecutor al darse cuenta que el dinero ya no estaba allí.


C. R. Monge.