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lunes, 6 de febrero de 2012

La Niebla

Manejar a esas horas de la madrugada no era tan fácil como creía Rodrigo, sin embargo, el llevar a la mujer que lo traicionó descuartizada en la cajuela del auto lo mantenía completamente estresado. A pesar del frío, Rodrigo sudaba como si fuera el día más caluroso en el verano.

Sus manos temblorosas lo traicionaban al intentar controlar el volante, y el cosquilleo en su estómago lo molestaba por el miedo de ser encontrado. Varias veces estuvo a punto de estrellarse por lo espeso de la niebla que empezaba a descender poco a poco cubriendo todo el camino.

El motel que apareció en ese momento juzgaba algo extraño, pero Rodrigo, en su situación, no podía darse el lujo de decidir en qué lugar iba a pasar la noche. Necesitaba descansar, aunque sabía que lo más probable era que no podría dormir ni un instante.

La recepción era sencilla, en la pared solo había un marco en donde se colgaban las llaves de los cuartos del edificio, frente a éste, un sillón individual y sentado en él, un hombre, al parecer, de edad avanzada con rostro cadavérico y de tez pálida que no le había quitado la mirada de encima desde que entró.

-¿Quieres una habitación?- preguntó aquel hombre con voz suave y quebrada.

-Sí, por favor-  Respondió Rodrigo tartamudo y algo desconfiado. El anciano se levantó tembloroso del sillón y tomó la llave del cuarto uno.

-Sígueme- le dijo el viejo a Rodrigo y éste caminó detrás de él con pasos lentos e inseguros.

Las paredes estaban llenas de musgo y goteaban por la humedad de la niebla que espesaba conforme avanzaba el tiempo.

Al llegar a la habitación, el individuo extraño que lo había encaminado al cuarto, le dio la llave, miró a Rodrigo con semblante triste y se fue. La alcoba solo tenía una pequeña mesa y una silla a un lado de la entrada, un baño de dos por dos con las paredes llenas de sarro y una cama individual de apariencia frígida cubierta por sábanas blancas. Rodrigo no se contuvo y sin más, ignoró la inusual habitación, se quitó los zapatos, se acostó y trato de dormir.

Eran las tres de la mañana y la niebla se colaba entre las hendiduras de la ventana que daba hacia el estacionamiento y congelaba la habitación poco a poco. Todo se encontraba  en silencio, parecía que después de tanta presión, Rodrigo lograría descansar el resto de la noche, sin embargo, el frío se tornó cada vez más intenso y un pequeño golpeteo en la mesa se comenzó a escuchar.

Era como si alguien chocará su dedo índice sobre la superficie de la mesa. Al oírlo, un escalofrío recorrió la espalda de Rodrigo congelándolo de miedo. Los golpes se iban haciendo más fuertes y, fuera del cuarto, a lo lejos, se empezaban a oír sollozos de mujeres, como si estuvieran penando.

Incierto, Rodrigo volteó hacia la mesa para averiguar qué era lo que estaba pasando y, sobre la silla, se encontraba sentada la sombra de una mujer empuñando una daga en su maño y golpeando con la punta de ésta sobre la mesa. Rodrigo salió horrorizado de la habitación en busca de su auto, pero al salir no pudo ver nada, todo a su alrededor estaba cubierto por una enorme nube blanquecina y gélida en donde pronto el motel desaparecería. Corrió por todos lados en busca del carro pero éste ya no estaba.

Arrodillado, Rodrigo sollozaba implorando perdón por su crimen, y al levantar la mirada, ante él, se encontraba de pie la silueta de la mujer con la daga y en sus ojos había una expresión de lástima, como si no valiera la pena vengarse del desdichado.
Al acercarse, la mujer vestía con una sotana negra que le cubría el cuerpo. Se inclinó ante Rodrigo y éste, invadido por la impresión y el miedo, descubrió en su rostro a la mujer que había descuartizado por su infidelidad.

-¡Perdóname!- Gritó el infortunado hombre implorando una segunda oportunidad, olvidando que ella lo había suplicado antes, desnuda y atada a su cama, pero él no la escuchó. La mujer lo miró con indiferencia, en su boca se formó una sonrisa maliciosa y con la daga, apuntó hacia una pequeña luz amarillenta que se veía a lo lejos.

Sin pensarlo, Rodrigo corrió hacia la luz desesperado, pero al llegar, lo único que se encontraba allí era su auto en llamas y, dentro de éste, su cuerpo atravesado por el cristal del parabrisas y la sangre recorriendo su cuerpo, destruyendo la poca esperanza que le quedaba y condenándolo a vivir perdido en esa niebla que cada vez espesaba más y más.

C. R. Monge.

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