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lunes, 6 de febrero de 2012

La Rosa Del Lago

La noche en que la vi, creía estar soñando. El lugar era hermoso, era un pequeño terreno libre, rodeado de árboles, el pasto era suave y cálido, el aire fresco y tranquilo, al mirar al cielo, la luna se veía mucho más grande que de costumbre y su luz daba directamente en esa zona. Un pequeño lago se encontraba en el centro y, en medio de éste, un islote de donde nacía una rosa blanca.

Quería tomarla, pero al intentar adentrarme al agua, una voz en el viento me lo impedía. ¿Quién eres? Le decía, pero nadie contestaba. Me arrodillé frente a la laguna y comencé a llorar, el lugar era demasiado bello, pero mi desesperación por saber porqué estaba ahí me alteraba.

Sentí algo posarse en mi hombro no reaccioné ¿Qué buscas? Me preguntó la misma voz, no obstante, continuaba llorando. Su mano me tomó de la barbilla y levantó mi rostro, sin embargo, no veía a nadie, sólo una pequeña mariposa que volaba a mi alrededor. Intentaba atraparla pero, era más rápida. Se aproximó a la rosa en medio del lago y se detuvo sobre uno de sus pétalos. El viento comenzó a soplar cada vez más fuerte y el agua se levantaba rebasando la altura de los árboles, las ramas se movían de tal forma que parecía que se desprenderían en cualquier momento. El lago comenzó a cristalizarse hasta formar un enorme Iceberg alumbrado por la luz de la luna.

Lo miré fijamente, la escultura me tenía anonadado, en mis pies solo había escarcha, el pasto había desaparecido. Di un paso hacía adelante y un fuerte sonido como si algo se hubiera quebrado sonó en el aire. Levanté la vista y en la punta del gran bloque de hielo, habían líneas que parecían ser marcas de estar apunto de romperse y seguían creciendo.

El ruido era más fuerte y el reflejo de la luz era tan intenso que me obligaba a cerrar los ojos, un enorme estallido se escuchó en frente de mí y al abrir los ojos se encontraba sobre los restos de hielo una mujer sentada con la mariposa en su mano. La dama era hermosa, su piel era blanca y tersa, sus cabellos negros jugueteaban en sus hombros y su vestido blanco se movía al ritmo del aire, que era ahora más tranquilo.

¿Quién eres? Le pregunté, pero la hermosa doncella solo reía, con su risa suave y carismática. ¿No te acuerdas de mí? Me pregunto después un rato. No. Contesté. El hielo volvía a convertirse en lago mientras ella continuaba riendo sobre el islote. ¿Quién eres? Pregunté una vez más, pero no contestó.

Había perdido la noción del tiempo, sólo me preocupaba por verla y descubrir su identidad. Soy yo ¿No te acuerdas de mí? Me dijo entre risas, pero yo no recordaba. Me diste una rosa cuando me fui. Impresionado, recordaba la partida de mi esposa al morir, le había entregado una sola rosa blanca cuando murió porque a ella no le gustaban las rojas.

¡Dalila! ¿Eres tú? Ella continuaba en su felicidad, pero la reconocí, era mi esposa. ¡No lo hagas! Me gritó cuando intenté ir hacía donde estaba ella, pero no la escuché,  quería verla, sus besos me llamaban, su aroma me hipnotizaba. No importaba lo que pasara, volvería a estar con ella una vez más, aun si el costo fuera la muerte.

Nadaba hacía ella con desesperación y la dama continuaba gritando, pero yo no escuchaba lo que decía, lo único que quería era tenerla a mi lado por última vez. ¡Si continuas morirás! Gritaba, pero sus advertencias eran inútiles. Sentía mi cuerpo enfriarse, mis pulmones se congelaban, respirar era cada vez más difícil. Llegué a los pies de mi doncella al fin, arrastrándome, inhalando con dificultad, levante mis brazos hacia su rostro, haciendo un último esfuerzo, y lo llevé hacía mí entregándole un último beso. Dalila lloraba de tristeza, pero yo era feliz porque había vuelto a sentir sus labios y su piel, y pude una vez más decirle “Te amo”. Cerré los ojos y nunca más los volví a abrir.

C. R. Monge

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